Porque te tengo y no
porque te pienso.
Corazón Coraza, Mario Benedetti.
I.
Hay quien espera que su pareja renuncie, en nombre del amor, a su condición deseante. Es, de hecho, un fenómeno relativamente común: las mujeres se enojan porque sus novios miran a otras
mujeres, incapaces de aceptar que ellas no son —ni pueden ser— el único referente de lo deseable; y los hombres, los hombres apenas descubrieron hace unos cincuenta años que las mujeres también
podían desear, pero durante siglos equipararon a la mujer perfecta con la mujer no-deseante: una muñeca frágil de cristal, una esposa resignada. Hasta la fecha, temen tanto a la mujer deseante
que prefieren tirarla a loca y desdeñar sus inquietudes —incomprensibles para ellos— antes que tomarla en serio.
La idea del amor incondicional se rige bajo esa misma lógica perversa: el que ama incondicionalmente pasa a estar en función del otro, le ofrece lealtad ciega, aun cuando eso lo suprima o aun
cuando atente contra sus propios intereses. Cual caballo, el que ama incondicionalmente se pone anteojeras para nunca más mirar a otro lado, ya no se diga mirar para adentro.
Dicha pretensión —sobra decirlo— es imposible y se convierte pronto en un nido de frustraciones. El problema comienza, quizá, desde el momento en el que nos creemos el cuento de «la media
naranja», pues para que tal cosa existiese, tendría que empatar a la perfección con nuestros deseos, vaciarse de los propios. Como eso no ocurre, nos enojamos. Nos enojamos porque el otro
quiera ver el futbol cuando nosotros queremos ir al cine, porque le de tanta importancia a la familia cuando nosotros querríamos ahorrarnos las comidas y los bautizos, o hasta porque no adivine
que estamos de mal humor y llegue, el infeliz, cantando como si nada.
II.
Para Hegel, el reconocimiento del otro no llega sino a través de la confrontación y del disentimiento; de la lucha a muerte, entendida simbólicamente. La autoconciencia requiere experimentar la
autonomía de su objeto para poder desearlo, pero eso sólo ocurre cuando éste se opone a las categorías propias, cuando dice «no». Un perro nunca dice «no», lo que me permite suponer que mueve
la cola cuando está contento y que si pone esos ojitos es porque se siente culpable (?). Pero un humano puede refutar mi hipótesis inicial y con ello, mostrar su autonomía. Cuando eso sucede,
se abre paso a la intersubjetividad, al odio o al amor, a la amistad, al comercio o al contrato. Para desear al otro, el otro debe también ser, manifestarse con indepedencia de mí.
Esto tiene dos implicaciones inmediatas. En primer lugar, si la autonomía es una variable esencial para el deseo, entonces estamos condenados a no desear a aquel que nos ame incondicionalmente,
como tampoco desearíamos a una media naranja si existiese, porque no ofrecería intersubjetividad, no daría lugar al intercambio. Esto refuta la pretensión descrita en el apartado anterior: no,
en el fondo no queremos a un no-deseante, queremos a alguien que desee, pero nos da miedo. Por eso los hombres con esposas perfectas se consiguen amantes, para buscar el deseo, caprichoso y
rebelde como todo deseo, que sus mujeres parecen no tener. Pero también por esa misma razón nunca se casan con la amante, porque lo que verdadedamente los interpela también los pone en jaque,
prefieren tenerlo de lejitos.
En segundo lugar, de acuerdo con lo explicado, todo encuentro entre dos autoconciencias es violento, esa es su definición. Si no, no es encuentro. La violencia aparece en la medida en la que el
otro supone siempre un límite para el yo, algo con lo que éste se estampa. Cosa semejante sostiene Sartre cuando dice “El infierno son los otros” . Lo son porque son lo externo,
lo que no puedo poseer o controlar, lo inhóspito. Me enfrento con ellos pero al mismo tiempo me espejeo sin remedio en sus gestos y en su reconocimiento. Es una dinámica exhaustiva e
irresoluble, porque por una parte intento reducir el espacio entre los dos, disolver el disentimiento, y por la otra intento librarme, siempre sin éxito, de la carga de la identificación y de
la copatía.
III.
Amaya Ortiz de Zarate, psicoanalista lacaniana, hace una diferencia entre el deseo del yo y el deseo del Sujeto. El deseo del yo nace del narcisismo primario y tiene una lógica de espejo (su
constitución corresponde al estadio del espejo de Lacan y no en vano parte del mito de Narciso). Todo lo que el yo desea, es lo que de un modo u otro puede ser asimilado, representado y
anticipado a voluntad. Y lo desea todo, sin exclusión ni límite, ya que su particular lógica es la identificación.
El deseo del Sujeto, en cambio, es el deseo del inconsciente, el deseo sexual. Su lógica ya no es la identificación, sino todo lo contrario, es la derivada de la inscripción de la diferencia
radical, de la exclusión. En psicoanálisis, uno deviene sujeto tras la exclusión de la escena originaria que introduce al tercero (el padre), cuya función principal consiste en presentar la
diferencia sexual, evidenciar el deseo de la madre (su carencia) y decirle al niño: “no, tú no lo eres todo”. Lo que caracteriza al deseo sexual, diría Amaya, es que el dolor está ahí desde el
principio, pues supone, de entrada, una falta esencial en el ser. El amor verdadero —concluye— sólo empieza tras la renuncia a la posesión, al control absoluto, a la identidad con el objeto.
Pero ese amor sólo puede ser vivido por el yo con dolor (tema tratado un poquito aquí) y si somos capaces de sostenerlo es desde nuestra posición de sujetos
barrados.
IV.
Todo encuentro es un desencuentro y como tal, supone una decepción (como lo muestra su forma inglesa «disappointment»). El otro representa, a priori, un desfase y una frustración. El
otro es un fracaso para el yo, quien, como ya dijimos, quiere devorarlo todo. Sin embargo, dicho dolor no tendría por qué adquirir un carácter traumático, y si lo adquiere no es culpa del otro
sino de la inflexibilidad de nuestro ego, de nuestra incapacidad para amar, es decir, para ver verdaderamente a los demás. Para que pueda haber compenetración, hace falta aceptar
nuestra propia finitud (yo no soy todo, yo no soy el otro), así como la independencia de nuestro objeto, la falta de concordancia entre sus categorías y las nuestras, entre sus
intereses y los nuestros.
Para ello, es menester depurarnos de esas ideologías totalitarias que nos vuelven intolerantes a la parcialidad, ideologías de príncipes azules, de buenos y malos y de happily ever
afters. Es importante renunciar a la lógica del confort sin aristas, tan propia de la modernidad (véase Esfuerzo) y
atravesar así el dolor que implica nuestro propio deseo, que aunque inconveniente, es también emancipador, pues nos vincula con los otros y nos abre puertas para la cocreación y para el
aligeramiento del yo, esa masa espesa. Sería hermoso poder llegar a decirle a alguien, con esto en mente: “por ti, estoy dispuesta a atravesar la decepción, o sea, a amarte desde el otro lado,
ahí donde te encuentro y no te encuentro, ahí donde eres más allá de mí y a veces en contra mía, ahí donde la noche pasa y yo te tengo y no”.
